Los orígenes del 'Rey de los dinosaurios'

Cualquiera sabe un montón de cosas del tiranosaurio y casi nada de sus antecesores. Este dinosaurio es tan emblemático que hasta en las aulas de primaria se identifica correctamente por su nombre científico, Tyrannosaurus rex, e incluso basta con decir “rex” para que todo el mundo sepa a qué nos estamos refiriendo. Fue uno de los últimos dinosaurios terrestres que vivieron antes de la extinción del grupo que tuvo lugar hace 66 millones de años y su familia, como suele suceder, tiene una historia previa, que no todos conocen, ni siquiera los propios paleontólogos.

Los orígenes de la familia de T.rex se remontan hasta un centenar de millones de años antes de su existencia pero la mayoría de sus ancestros no alcanzaron tallas gigantescas, sino que su masa corporal raramente superaba a la de un caballo. Poco a poco se han conocido muchos grandes tiranosáuridos del Cretácico Superior y también unos cuantos representantes de los primeros antepasados de su grupo, los pequeños y primitivos tiranosauroideos del Jurásico Medio y del Cretácico basal. Hasta ahora nos habíamos perdido el trozo de la película en el que los unos dieron lugar a los otros. ¿Cuándo y por qué los tiranosáuridos dieron el estirón hasta alcanzar tallas enormes y adquirieron las sofisticadas características del rex: grandes cerebros, oído capaz de detectar bajas frecuencias y cráneos livianos? Una cuestión sin resolver hasta ahora por algo tan frecuente como contundente: no se conocían fósiles de estos animales en el largo intervalo de 20 millones de años durante el que sucedieron estos cambios.

Ahora se acaba de describir uno de estos ejemplares intermedios desconocidos, lo que en tiempos se llamaba metafóricamente un “eslabón perdido”, que conecta dos grupos de animales emparentados entre sí. Un conjunto de fósiles hallado en Uzbekistán, compuesto por fragmentos de cráneo bien conservados y por diversas vértebras, no solo permite reconocer que se trata de un tiranosáurido, sino que su antigüedad (entre 90 y 92 millones de años) lo sitúa en el momento justo para rellenar el vacío de información existente.

El fragmento del cráneo que contenía al cerebro está tan bien conservado que una tomografía computarizada ha permitido reconstruir su morfología, así como la del oído interno, en la que destaca la gran robustez de los canales semicirculares (en comparación con los de otros dinosaurios carnívoros), lo que podría estar relacionado con una mayor agilidad. Las estructuras del oído interno también permiten proponer que esta especie podría haber tenido una gran sensibilidad a los sonidos de baja frecuencia.

Estas peculiaridades del oído interno han quedado reflejadas en el nombre que le ha otorgado el equipo de investigadores de instituciones británicas, rusas y estadounidenses liderado por Stephen L. Brusatte (Universidad de Edimburgo) que ha descrito al nuevo animal. Así, mientras que el nombre del género se refiere a un conquistador centroasiático del siglo XIV, el de la especie indica que estos animales oían bien: Timurlengia euotica.

Hasta la descripción de Timurlengia, los últimos tiranosaurios conocidos antes del vacío existente procedían de yacimientos de 100-125 millones de años y tenían el tamaño de un caballo, mientras que los primeros registrados después de dicho hueco, encontrados en sedimentos de unos 80 millones de años, ya eran gigantes (como es el caso de Lythronax o Gorgosaurus). La especie de Uzbekistán todavía no es de gran tamaño, lo que estrecha aún más el momento en el que los tiranosaurios alcanzarían el gigantismo, pero ya muestra rasgos que serán propios de los grandes tiranosaurios que vivieron con posterioridad: cerebro avanzado y órganos sensoriales sofisticados. Estas características, hipotetizan los autores de la investigación, pudieron haber sido determinantes para que, cuando surgió una oportunidad, los tiranosaurios se convirtieran en los grandes depredadores dominantes que llegaron a ser.

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